-Pensamiento, ¿tienes ya...?
-¿Una respuesta que daros..? Sí, aunque no creo que os agrade
-¡No importa, tenemos que saberla!
-De acuerdo. La respuesta a la gran pregunta, de la VIDA, del UNIVERSO, y de TODO....es...
...42.
-¿Qué?
-Sí, lo he pensado muy a fondo y la respuesta es 42. Pero habría sido más fácil de haber sabido cuál era la pregunta
http://www.youtube.com/watch?v=9Y36JDAIyIA
martes, 18 de mayo de 2010
viernes, 1 de enero de 2010
Año nuevo
No podré contar
qué ocurrió ayer,
fue hace tanto tiempo
que el sol se ha vuelto a poner.
Embobado, insomne,
acaricio la piedra que encontré.
Todos duermen pero ella,
con el ruido, no la pudo ver.
Con vivos, muertos, brindando juntos
por un año más, un año menos
que dolerse de esta herida y de esta luz.
Ella llegó tarde, no vio a nadie,
fue directa a dormir.
En vez de su piedra
encontró una fiesta en su salón.
Con vivos, muertos, brindando juntos
por un año más, un año menos
que dolerse de esta herida y de esta luz.
Con vivos, con muertos ...
Con vivos, con muertos ...
Con vivos, con muertos ...
Con vivos, con muertos ...
Con vivos, con muertos ...
Con vivos, con muertos ...
Con vivos, con muertos ...
Con vivos, con muertos ...
Con vivos, muertos, brindando juntos
por un año más, un año menos
que dolerse de esta herida y de esta luz.
Con vivos, muertos, brindando juntos,
un año menos que dolerse de esta herida y de esta luz.
Vetusta Morla
qué ocurrió ayer,
fue hace tanto tiempo
que el sol se ha vuelto a poner.
Embobado, insomne,
acaricio la piedra que encontré.
Todos duermen pero ella,
con el ruido, no la pudo ver.
Con vivos, muertos, brindando juntos
por un año más, un año menos
que dolerse de esta herida y de esta luz.
Ella llegó tarde, no vio a nadie,
fue directa a dormir.
En vez de su piedra
encontró una fiesta en su salón.
Con vivos, muertos, brindando juntos
por un año más, un año menos
que dolerse de esta herida y de esta luz.
Con vivos, con muertos ...
Con vivos, con muertos ...
Con vivos, con muertos ...
Con vivos, con muertos ...
Con vivos, con muertos ...
Con vivos, con muertos ...
Con vivos, con muertos ...
Con vivos, con muertos ...
Con vivos, muertos, brindando juntos
por un año más, un año menos
que dolerse de esta herida y de esta luz.
Con vivos, muertos, brindando juntos,
un año menos que dolerse de esta herida y de esta luz.
Vetusta Morla
sábado, 26 de diciembre de 2009
Land Rover
Creo que en aquella época todos necesitábamos a alguien. Yo conducía un viejo Land Rover de ciudad en ciudad, de aduana en aduana y de costa a costa. No quería parar en ningún sitio. Tal vez sentía el deseo de algo nuevo, o, simplemente, quería sentir que mi vida se dirigía a alguna parte, no como antes, cuando sólo sabía ir en círculos.
Buscaba lugares, y personas. Personas a las que contar mi historia, personas que quisieran escucharme y seguirme en mi viaje.
Kate fue la primera de esas personas a las que encontré, y una de las últimas en irse...
Hacía autostop en plena carretera. Yo estaba pendiente, y fue gracias a eso como nos conocimos. Seguramente, de no haber sido así, no habría llamado lo más mínimo mi atención. Paré el coche y me quité las gafas de sol.
-¿A dónde vas?- pregunté
- A donde tú vayas.
La respuesta me cogió por sorpresa.
-Pero es que yo no tengo rumbo.
-Bueno, entonces yo tampoco.
Congeniamos rápidamente. He de reconocer que Kate no tardó en gustarme. Siempre se recogía el pelo en una coleta, y lucía un estilo aventurero bastante marcado en todo lo que llevaba, desde sus botas de montaña desgastadas hasta su melena salvaje. Kate, al igual que yo, no llevaba un rumbo fijo en la vida. Un buen día había dejado a una familia próspera, unos estudios de arquitectura superior, y a un novio con el que llevaba 4 años, y se había propuesto huir de todo, compartir rumbo con el primer coche que parara, e iniciar una nueva vida allá donde el destino la llevase. Ella siempre solía decir que no se arrepentía de lo que dejaba atrás, pero más de una vez la pillé acariciando la foto de un chico, mientras un par de lágrimas surcaban sus mejillas.
-No es nada- decía. -Mañana estaré mejor...
Y al día siguiente amanecía con el ánimo renovado, como si nada hubiera pasado. Era una de las cosas que más me gustaban de ella, y sé que ella lo sabía.
La verdad es que nunca le pregunté si había algo que le gustara de mí especialmente. Supongo que sí, sobre todo teniendo en cuenta que, el hecho de que dos mujeres compartieran sus vidas en los asientos de un Land Rover, durante tantos meses, a lo largo de un viaje hacia ninguna parte, no era algo habitual en aquel tiempo...
Buscaba lugares, y personas. Personas a las que contar mi historia, personas que quisieran escucharme y seguirme en mi viaje.
Kate fue la primera de esas personas a las que encontré, y una de las últimas en irse...
Hacía autostop en plena carretera. Yo estaba pendiente, y fue gracias a eso como nos conocimos. Seguramente, de no haber sido así, no habría llamado lo más mínimo mi atención. Paré el coche y me quité las gafas de sol.
-¿A dónde vas?- pregunté
- A donde tú vayas.
La respuesta me cogió por sorpresa.
-Pero es que yo no tengo rumbo.
-Bueno, entonces yo tampoco.
Congeniamos rápidamente. He de reconocer que Kate no tardó en gustarme. Siempre se recogía el pelo en una coleta, y lucía un estilo aventurero bastante marcado en todo lo que llevaba, desde sus botas de montaña desgastadas hasta su melena salvaje. Kate, al igual que yo, no llevaba un rumbo fijo en la vida. Un buen día había dejado a una familia próspera, unos estudios de arquitectura superior, y a un novio con el que llevaba 4 años, y se había propuesto huir de todo, compartir rumbo con el primer coche que parara, e iniciar una nueva vida allá donde el destino la llevase. Ella siempre solía decir que no se arrepentía de lo que dejaba atrás, pero más de una vez la pillé acariciando la foto de un chico, mientras un par de lágrimas surcaban sus mejillas.
-No es nada- decía. -Mañana estaré mejor...
Y al día siguiente amanecía con el ánimo renovado, como si nada hubiera pasado. Era una de las cosas que más me gustaban de ella, y sé que ella lo sabía.
La verdad es que nunca le pregunté si había algo que le gustara de mí especialmente. Supongo que sí, sobre todo teniendo en cuenta que, el hecho de que dos mujeres compartieran sus vidas en los asientos de un Land Rover, durante tantos meses, a lo largo de un viaje hacia ninguna parte, no era algo habitual en aquel tiempo...
martes, 22 de septiembre de 2009
Pasteles de fresa
-No es sólo culpa mía. Me refiero a que yo sea tan poco afectuosa. Y lo reconozco. Pero si ellos..., si mi padre y mi madre..., si ellos me hubiesen querido un poco más, yo, por mi parte, ahora sentiría de otra forma. Y estaría mucho, pero que mucho más triste.
-¿Crees que no te quisieron demasiado?
Ella volvió la cabeza y me miró fijamente. Hizo un gesto afirmativo.
-Yo diría que entre un «no lo suficiente» y un «nada de nada». Siempre estuve hambrienta. Aunque sólo hubiera sido una vez, hubiera querido recibir amor a raudales. Hasta hartarme. Hasta poder decir: «Ya basta. Estoy llena. No puedo más». Me hubiera conformado con una vez. Pero ellos jamás me dieron cariño. Si me acercaba con ganas de mimos, mis padres me apartaban de un empujón. «Esto cuesta dinero», decían. Únicamente sabían quejarse. Siempre igual. Así que pensé lo siguiente: «Conoceré a alguien que me quiera con toda su alma los trescientos sesenta y cinco días del año». Estaba en quinto o sexto curso de primaria cuando lo decidí.
-¡Qué fuerte! -exclamé admirado-. ¿Y lo has conseguido?
-No es tan fácil como creía -reconoció Midori. Reflexionó un momento contemplando el humo.- Quizá sea por haber esperado tanto tiempo, pero ahora busco la perfección. Por eso es tan difícil.
-¿Un amor perfecto?
-¡No, hombre! No pido tanto. Lo que quiero es simple egoísmo. Un egoísmo perfecto. Por ejemplo: te digo que quiero un pastel de fresa, y entonces tú lo dejas todo y vas a comprármelo. Vuelves jadeando y me lo ofreces. «Toma, Midori. Tu pastel de fresa», me dices. Y te suelto: «¡Ya se me han quitado las ganas de comérmelo!». Y lo arrojo por la ventana. Eso es lo que yo quiero.
-No creo que eso sea el amor -le dije con semblante atónito.
-Sí tiene que ver. Pero tú no lo sabes -replicó Midori-. Para las chicas, a veces esto tiene una gran importancia.
-¿Arrojar pasteles de fresa por la ventana?
-Sí. Y yo quiero que mi novio me diga lo siguiente: «Ha sido culpa mía. Tendría que haber supuesto que se te quitarían las ganas de comer pastel de fresa. Soy un estúpido, un insensible. Iré a comprarte otra cosa para que me perdones. ¿Qué te apetece? ¿Mousse de chocolate? ¿Tarta de queso?».
-¿Y qué sucedería a continuación?
-Pues que yo a una persona que hiciera esto por mí la querría mucho.
-A mí me parece un desatino.
-Yo creo que el amor es eso. Pero nadie me comprende. -Midori sacudió la cabeza sobre mi hombro-. Para un cierto tipo de personas el amor surge con un pequeño detalle. Y, si no, no surge.
-Eres la primera chica que conozco que piensa así.
-Me lo ha dicho mucha gente. -Se toqueteó las cutículas de las uñas.- Pero yo no puedo pensar de otro modo. Estoy hablando con el corazón en la mano. Jamás he creído que mis ideas sean diferentes de las de los demás, ni lo busco. Pero cuando digo lo que pienso, la gente cree que bromeo, o que estoy haciendo comedia. Todo acaba dándome lo mismo.
Haruki Murakami, "Tokio Blues"
-¿Crees que no te quisieron demasiado?
Ella volvió la cabeza y me miró fijamente. Hizo un gesto afirmativo.
-Yo diría que entre un «no lo suficiente» y un «nada de nada». Siempre estuve hambrienta. Aunque sólo hubiera sido una vez, hubiera querido recibir amor a raudales. Hasta hartarme. Hasta poder decir: «Ya basta. Estoy llena. No puedo más». Me hubiera conformado con una vez. Pero ellos jamás me dieron cariño. Si me acercaba con ganas de mimos, mis padres me apartaban de un empujón. «Esto cuesta dinero», decían. Únicamente sabían quejarse. Siempre igual. Así que pensé lo siguiente: «Conoceré a alguien que me quiera con toda su alma los trescientos sesenta y cinco días del año». Estaba en quinto o sexto curso de primaria cuando lo decidí.
-¡Qué fuerte! -exclamé admirado-. ¿Y lo has conseguido?
-No es tan fácil como creía -reconoció Midori. Reflexionó un momento contemplando el humo.- Quizá sea por haber esperado tanto tiempo, pero ahora busco la perfección. Por eso es tan difícil.
-¿Un amor perfecto?
-¡No, hombre! No pido tanto. Lo que quiero es simple egoísmo. Un egoísmo perfecto. Por ejemplo: te digo que quiero un pastel de fresa, y entonces tú lo dejas todo y vas a comprármelo. Vuelves jadeando y me lo ofreces. «Toma, Midori. Tu pastel de fresa», me dices. Y te suelto: «¡Ya se me han quitado las ganas de comérmelo!». Y lo arrojo por la ventana. Eso es lo que yo quiero.
-No creo que eso sea el amor -le dije con semblante atónito.
-Sí tiene que ver. Pero tú no lo sabes -replicó Midori-. Para las chicas, a veces esto tiene una gran importancia.
-¿Arrojar pasteles de fresa por la ventana?
-Sí. Y yo quiero que mi novio me diga lo siguiente: «Ha sido culpa mía. Tendría que haber supuesto que se te quitarían las ganas de comer pastel de fresa. Soy un estúpido, un insensible. Iré a comprarte otra cosa para que me perdones. ¿Qué te apetece? ¿Mousse de chocolate? ¿Tarta de queso?».
-¿Y qué sucedería a continuación?
-Pues que yo a una persona que hiciera esto por mí la querría mucho.
-A mí me parece un desatino.
-Yo creo que el amor es eso. Pero nadie me comprende. -Midori sacudió la cabeza sobre mi hombro-. Para un cierto tipo de personas el amor surge con un pequeño detalle. Y, si no, no surge.
-Eres la primera chica que conozco que piensa así.
-Me lo ha dicho mucha gente. -Se toqueteó las cutículas de las uñas.- Pero yo no puedo pensar de otro modo. Estoy hablando con el corazón en la mano. Jamás he creído que mis ideas sean diferentes de las de los demás, ni lo busco. Pero cuando digo lo que pienso, la gente cree que bromeo, o que estoy haciendo comedia. Todo acaba dándome lo mismo.
Haruki Murakami, "Tokio Blues"
sábado, 28 de febrero de 2009
En el bar, con Midori
—¿Por qué estás ausente? Ya te lo he preguntado antes.
—Quizá porque aún me cuesta volver a la vida cotidiana —concedí tras reflexionar unos instantes—. Me da la impresión de que éste no es el mundo real. La gente, las escenas que me rodean no me parecen reales.
Midori, acodada sobre la barra, me miró de arriba abajo.
—Esto mismo dice una canción de Jim Morrison.
—«People are strange when you are a stranger», o sea, «la gente es extraña cuando tú eres un extraño».
—¡Cierto! —dijo Midori.
—¡Esto es! —exclamé.
—Me gustaría que me acompañaras a Uruguay. —Midori seguía acodada sobre la barra—. Dejándolo todo: la novia, la familia, la universidad...
—No estaría mal. —Me reí.
—¿No te encantaría dejarlo todo y marcharte a un lugar donde nadie te conociera? A mí, a veces me dan ganas de hacerlo. Unas ganas locas. Así que, si de pronto se te ocurre llevarme lejos, te pariré un montón de bebés fuertes como toros. Y viviremos todos tan felices... Revolcándonos por el suelo.
Volví a reírme y apuré mi segundo vaso de vodka con tónica.
—Aún no tienes ganas de tener bebés fuertes como toros, ¿es eso? —me preguntó Midori.
—No, mujer, tengo curiosidad. Me gustaría saber qué se siente —dije.
—Tranquilo. Si no te apetece, no pasa nada. —Ahora Midori comía pistachos—. Total, estoy bebiendo a primera hora de la tarde y diciendo lo primero que se me pasa por la cabeza. Te insto a que lo dejes todo y te vayas a Uruguay, nada menos. Si allí no hay más que cagajones de burro...
—Tal vez.
—Cagajones por todas partes. Una mierda si estás aquí, una mierda si vas allá. El mundo entero es una mierda. Toma, te doy éste, que está duro. —Midori me dio un pistacho que costaba pelar. Le quité la cascara con esfuerzo—, Pero el domingo pasado me relajé muchísimo. Los dos en el terrado mirando el incendio, bebiendo y cantando. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan bien. Me presionan por todas partes. En cuanto asomo la cabeza, me dicen esto y lo otro. Al menos, tú no me fuerzas a nada.
—No te conozco lo suficiente.
—¿Quieres decir que, si me conocieras mejor, tú también acabarías presionándome como todos los demás?
—Es posible —dije—. En el mundo real todos vivimos presionándonos los unos a los otros.
—Sí, pero no creo que tú lo hicieras. Yo estas cosas las adivino. En cuanto a presionar y a ser presionado, soy una autoridad. Y tú no eres así. Contigo siento que puedo bajar la guardia. ¿Sabes que en este mundo hay montones de personas a quienes les gusta forzar a los demás a hacer esto y lo otro, y a las que, a su vez, les gusta que las fuercen? Y montan un gran follón con todo esto. Yo te he presionado porque tú me has presionado... Les encanta. Pero a mí no. Yo lo hago porque no me queda otro remedio.
—¿Y a qué cosas fuerzas a los demás? ¿O a qué cosas te fuerzan los demás a ti?
Midori se llevó un cubito de hielo a la boca, que chupó durante un momento.
—¿Quieres conocerme mejor?
—Me gustaría —reconocí.
—Acabo de preguntarte: «¿Quieres conocerme mejor?». ¿No te parece una crueldad responderme como lo has hecho?
—Quiero conocerte mejor, Midori —repetí.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Aunque te den ganas de apartar la mirada?
—¿Tan terrible eres?
—En cierto sentido, sí. —Midori esbozó una mueca—. Quiero otra copa.
Haruki Murakami, "Tokio Blues"
—Quizá porque aún me cuesta volver a la vida cotidiana —concedí tras reflexionar unos instantes—. Me da la impresión de que éste no es el mundo real. La gente, las escenas que me rodean no me parecen reales.
Midori, acodada sobre la barra, me miró de arriba abajo.
—Esto mismo dice una canción de Jim Morrison.
—«People are strange when you are a stranger», o sea, «la gente es extraña cuando tú eres un extraño».
—¡Cierto! —dijo Midori.
—¡Esto es! —exclamé.
—Me gustaría que me acompañaras a Uruguay. —Midori seguía acodada sobre la barra—. Dejándolo todo: la novia, la familia, la universidad...
—No estaría mal. —Me reí.
—¿No te encantaría dejarlo todo y marcharte a un lugar donde nadie te conociera? A mí, a veces me dan ganas de hacerlo. Unas ganas locas. Así que, si de pronto se te ocurre llevarme lejos, te pariré un montón de bebés fuertes como toros. Y viviremos todos tan felices... Revolcándonos por el suelo.
Volví a reírme y apuré mi segundo vaso de vodka con tónica.
—Aún no tienes ganas de tener bebés fuertes como toros, ¿es eso? —me preguntó Midori.
—No, mujer, tengo curiosidad. Me gustaría saber qué se siente —dije.
—Tranquilo. Si no te apetece, no pasa nada. —Ahora Midori comía pistachos—. Total, estoy bebiendo a primera hora de la tarde y diciendo lo primero que se me pasa por la cabeza. Te insto a que lo dejes todo y te vayas a Uruguay, nada menos. Si allí no hay más que cagajones de burro...
—Tal vez.
—Cagajones por todas partes. Una mierda si estás aquí, una mierda si vas allá. El mundo entero es una mierda. Toma, te doy éste, que está duro. —Midori me dio un pistacho que costaba pelar. Le quité la cascara con esfuerzo—, Pero el domingo pasado me relajé muchísimo. Los dos en el terrado mirando el incendio, bebiendo y cantando. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan bien. Me presionan por todas partes. En cuanto asomo la cabeza, me dicen esto y lo otro. Al menos, tú no me fuerzas a nada.
—No te conozco lo suficiente.
—¿Quieres decir que, si me conocieras mejor, tú también acabarías presionándome como todos los demás?
—Es posible —dije—. En el mundo real todos vivimos presionándonos los unos a los otros.
—Sí, pero no creo que tú lo hicieras. Yo estas cosas las adivino. En cuanto a presionar y a ser presionado, soy una autoridad. Y tú no eres así. Contigo siento que puedo bajar la guardia. ¿Sabes que en este mundo hay montones de personas a quienes les gusta forzar a los demás a hacer esto y lo otro, y a las que, a su vez, les gusta que las fuercen? Y montan un gran follón con todo esto. Yo te he presionado porque tú me has presionado... Les encanta. Pero a mí no. Yo lo hago porque no me queda otro remedio.
—¿Y a qué cosas fuerzas a los demás? ¿O a qué cosas te fuerzan los demás a ti?
Midori se llevó un cubito de hielo a la boca, que chupó durante un momento.
—¿Quieres conocerme mejor?
—Me gustaría —reconocí.
—Acabo de preguntarte: «¿Quieres conocerme mejor?». ¿No te parece una crueldad responderme como lo has hecho?
—Quiero conocerte mejor, Midori —repetí.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Aunque te den ganas de apartar la mirada?
—¿Tan terrible eres?
—En cierto sentido, sí. —Midori esbozó una mueca—. Quiero otra copa.
Haruki Murakami, "Tokio Blues"
viernes, 6 de febrero de 2009
Recordando a Naoko
En las noches de insomnio me asaltaban diferentes imágenes de Naoko. No podía evitar que acudieran a mi memoria. En mi corazón, se habían acumulado demasiados recuerdos de ella. En cuanto encontraban una grieta, por pequeña que fuera, iban saliendo, uno tras otro, imparables. Fui incapaz de detener esa fuga.
Me acordaba de Naoko en aquella mañana de lluvia, con el chubasquero amarillo, limpiando el gallinero y acarreando el saco de grano. Recordaba el pastel de cumpleaños medio deshecho y el tacto de mi camisa empapada por las lágrimas de Naoko. Sí, aquella noche también llovía. Era invierno; Naoko caminaba a mi lado, con aquel abrigo de piel de camello. Ella siempre se sacaba el pasador del pelo y jugueteaba con él. Y siempre me miraba fijamente con aquellos ojos transparentes. Ahora llevaba una bata azul y estaba sentada en el sofá, con el mentón descansando en las rodillas.
Sus imágenes me golpeaban, una tras otra, como las olas de la marea, arrastrándome hacia un lugar extraño. Y en este extraño lugar yo vivía con los muertos. Allí Naoko estaba viva y los dos hablábamos, nos abrazábamos. En ese lugar, la muerte no ponía fin a la vida. Allí la muerte conformaba la vida. Y Naoko, henchida de muerte, allí continuaba viviendo. Me decía: «Tranquilo, Watanabe. No es más que la muerte. No te preocupes».
En ese lugar no me sentía triste. Porque la muerte era sólo la muerte, y Naoko era Naoko. «No te preocupes. Estoy aquí, ¿no es cierto?», me decía sonriendo. Sus gestos habituales serenaban mi corazón, me consolaban. Y yo pensaba: «Si la muerte es esto, después de todo no es algo tan malo». «Claro. Morir no es nada del otro mundo», me decía Naoko. «La muerte es la muerte. Además, aquí todo es muy fácil», me contaba en los intervalos entre una ola y la siguiente.
Pronto la marea se retiraba y me dejaba solo en la playa, impotente, sin un lugar adonde ir, con la tristeza envolviéndome como un manto de tinieblas. Solía llorar en esos momentos. De hecho, más que llorar, unas lágrimas gruesas brotaban como gotas de sudor.
Cuando murió Kizuki aprendí una cosa. Quizá me resigné a hacerla mía: «La muerte no se opone a la vida, la muerte está incluida en nuestra vida».
Es una realidad. Mientras vivimos, vamos criando la muerte al mismo tiempo. Pero ésta es sólo una parte de la verdad que debemos conocer. La muerte de Naoko me lo enseñó. Me dije:
«El conocimiento de la verdad no alivia la tristeza que sentimos al perder a un ser querido. Ni la verdad, ni la sinceridad, ni la fuerza, ni el cariño son capaces de curar esta tristeza. Lo único que puede hacerse es atravesar este dolor esperando aprender algo de él, aunque todo lo que uno haya aprendido no le sirva para nada la próxima vez que la tristeza lo visite de improviso».
Pensé en ello, noche tras noche, en mi soledad, oyendo el ruido de las olas y el rugido del viento. Vacié muchas botellas de whisky, mordisqueé pan, bebí agua de la petaca en mi larga marcha hacia el oeste, con la mochila dando bandazos a mi espalda y el pelo lleno de arena... día tras día de aquel principio de otoño.
Haruki Murakami, "Tokio Blues"
Me acordaba de Naoko en aquella mañana de lluvia, con el chubasquero amarillo, limpiando el gallinero y acarreando el saco de grano. Recordaba el pastel de cumpleaños medio deshecho y el tacto de mi camisa empapada por las lágrimas de Naoko. Sí, aquella noche también llovía. Era invierno; Naoko caminaba a mi lado, con aquel abrigo de piel de camello. Ella siempre se sacaba el pasador del pelo y jugueteaba con él. Y siempre me miraba fijamente con aquellos ojos transparentes. Ahora llevaba una bata azul y estaba sentada en el sofá, con el mentón descansando en las rodillas.
Sus imágenes me golpeaban, una tras otra, como las olas de la marea, arrastrándome hacia un lugar extraño. Y en este extraño lugar yo vivía con los muertos. Allí Naoko estaba viva y los dos hablábamos, nos abrazábamos. En ese lugar, la muerte no ponía fin a la vida. Allí la muerte conformaba la vida. Y Naoko, henchida de muerte, allí continuaba viviendo. Me decía: «Tranquilo, Watanabe. No es más que la muerte. No te preocupes».
En ese lugar no me sentía triste. Porque la muerte era sólo la muerte, y Naoko era Naoko. «No te preocupes. Estoy aquí, ¿no es cierto?», me decía sonriendo. Sus gestos habituales serenaban mi corazón, me consolaban. Y yo pensaba: «Si la muerte es esto, después de todo no es algo tan malo». «Claro. Morir no es nada del otro mundo», me decía Naoko. «La muerte es la muerte. Además, aquí todo es muy fácil», me contaba en los intervalos entre una ola y la siguiente.
Pronto la marea se retiraba y me dejaba solo en la playa, impotente, sin un lugar adonde ir, con la tristeza envolviéndome como un manto de tinieblas. Solía llorar en esos momentos. De hecho, más que llorar, unas lágrimas gruesas brotaban como gotas de sudor.
Cuando murió Kizuki aprendí una cosa. Quizá me resigné a hacerla mía: «La muerte no se opone a la vida, la muerte está incluida en nuestra vida».
Es una realidad. Mientras vivimos, vamos criando la muerte al mismo tiempo. Pero ésta es sólo una parte de la verdad que debemos conocer. La muerte de Naoko me lo enseñó. Me dije:
«El conocimiento de la verdad no alivia la tristeza que sentimos al perder a un ser querido. Ni la verdad, ni la sinceridad, ni la fuerza, ni el cariño son capaces de curar esta tristeza. Lo único que puede hacerse es atravesar este dolor esperando aprender algo de él, aunque todo lo que uno haya aprendido no le sirva para nada la próxima vez que la tristeza lo visite de improviso».
Pensé en ello, noche tras noche, en mi soledad, oyendo el ruido de las olas y el rugido del viento. Vacié muchas botellas de whisky, mordisqueé pan, bebí agua de la petaca en mi larga marcha hacia el oeste, con la mochila dando bandazos a mi espalda y el pelo lleno de arena... día tras día de aquel principio de otoño.
Haruki Murakami, "Tokio Blues"
domingo, 25 de enero de 2009
Nunca
"Nunca mires a una puta con luz de día…
Es como mirar una película con la luz encendida, como el cabaret a las diez de la mañana, con los rayos del sol atravesando el polvo que se levanta cuando barres…
Como descubrir que ese poema que te hizo llorar a la noche, al día siguiente apenas te interesa…
Es como sería este puto mundo, si hubiera que soportar las cosas tal como son…
Como descubrir al actor que viste haciendo Hamlet en la cola del pan...
Como el vacío cuando te pagan y no sentís ni siquiera un poquito…como la tristeza cuando te pagan y sentiste por lo menos un poquito…
Como abrir un cajón y descubrir una foto de cuando la puta tenía nueve años…
Como dejarte venir conmigo, sabiendo que cuando se acabe la magia vas a estar con una mujer como yo, en Montevideo…"
-Un whisky por favor.
(Se acerca la muerte.)
-¿Qué pasó? ¿Te llevó a volar y te dejó caer desde lo alto…?
Ay…te advertí que ibas a salir herido.
-Es mejor herido que dormido, como hasta ahora.
-Te gusta sufrir…
-…A veces una herida te recuerda que estás vivo.
Es esto el amor…
¡mi estúpida muerte, es esto…!
Cómo explicártelo, pobrecita, si entendieras eso estarías viva…
(…)
-Su whisky, caballero.
(Oliverio enciende un cigarrillo, sin apartar los ojos de la dama que le lanza furtivas miradas desde su asiento. Toma el whisky con la otra mano y se dirige a la muerte.)
-¡Por la vida!
Sin ofender, ¿eh?
Eliseo Subiela, "El lado oscuro del corazón"
Es como mirar una película con la luz encendida, como el cabaret a las diez de la mañana, con los rayos del sol atravesando el polvo que se levanta cuando barres…
Como descubrir que ese poema que te hizo llorar a la noche, al día siguiente apenas te interesa…
Es como sería este puto mundo, si hubiera que soportar las cosas tal como son…
Como descubrir al actor que viste haciendo Hamlet en la cola del pan...
Como el vacío cuando te pagan y no sentís ni siquiera un poquito…como la tristeza cuando te pagan y sentiste por lo menos un poquito…
Como abrir un cajón y descubrir una foto de cuando la puta tenía nueve años…
Como dejarte venir conmigo, sabiendo que cuando se acabe la magia vas a estar con una mujer como yo, en Montevideo…"
-Un whisky por favor.
(Se acerca la muerte.)
-¿Qué pasó? ¿Te llevó a volar y te dejó caer desde lo alto…?
Ay…te advertí que ibas a salir herido.
-Es mejor herido que dormido, como hasta ahora.
-Te gusta sufrir…
-…A veces una herida te recuerda que estás vivo.
Es esto el amor…
¡mi estúpida muerte, es esto…!
Cómo explicártelo, pobrecita, si entendieras eso estarías viva…
(…)
-Su whisky, caballero.
(Oliverio enciende un cigarrillo, sin apartar los ojos de la dama que le lanza furtivas miradas desde su asiento. Toma el whisky con la otra mano y se dirige a la muerte.)
-¡Por la vida!
Sin ofender, ¿eh?
Eliseo Subiela, "El lado oscuro del corazón"
Suscribirse a:
Entradas (Atom)