domingo, 25 de septiembre de 2011
Una rana que había perdido las membranas
Entonces no lo sabía. No sabía que era capaz de herir a alguien tan hondamente que jamás se repusiera. A veces, hay personas que pueden herir a los demás por el mero hecho de existir.
Haruki Murakami, "Al sur de la frontera, al oeste del sol"
viernes, 9 de septiembre de 2011
Intento 1
Massive Attack - Black Milk
Christian Bale, "American Psycho"
viernes, 2 de septiembre de 2011
Última llamada para el vuelo FR6653 destino Málaga
Me he desvelado antes de tiempo. Tantas cosas que me gustaría decir, y tan poco tiempo, tan pocos medios. Aún no desperté de aquel sueño, me levanto y mi cuerpo se tambalea en el cruce divergente de éstos con la realidad de mi almohada. Lo que daría por un vuelo de ida a ninguna parte. La magia va desapareciendo, van quedando las colillas humeantes, los posos de las lluvias que echábamos de menos, las postales sin nombre ni mensajes, sólo caras sonrientes, la procesión de despedidas, los abrazos de última hora, la última llamada para los pasajeros. Atravieso el papel sin tiempo a respirar siquiera, quería decir algo pero se ha ido. Voy en contrarreloj de mis recuerdos, de tus rostros anónimos, de tus nombres que me van costando recordar.
Ángel del este, novena sinfonía en clave germánica, suena para mí esta noche. Tócala otra vez, Sam…
He de plasmar un testimonio en alguna parte, para que el tiempo y el olvido tengan algo de que hablar cuando yo ya no siga por aquí. Ya sonaron las campanas de medianoche, cenicienta perdió el zapato y nada bueno pasa tras las dos de la madrugada. Me gustó escucharte decir eso. Pero poco importa, porque el significado se diluye a medida que escribo. Me gustó saber que yo tenía razón, y que afuera sigue lloviendo y la magia sigue siendo arrastrada por la corriente. Me gustaría quedarme un poco más, hacer alguna tontería de esas que tanto me gustan.
Pero vuelvo a acostarme. Preferiría no saber qué hora es. Ni saber quiénes somos. Especialmente quién eres tú.
miércoles, 20 de julio de 2011
99,888042%
-Vamos a descomponerlo…hidrógeno, ¿qué nos da?
-¿Por molécula?
-Ajá
-Da 63%
-63…vaya, pues es mucho…lo siguiente será el oxígeno
-Oxígeno 26%
-26…ya tenemos el agua
-Carbono 9%
-¡Carbono! 9…
-El total es…98%
-¡Cierto!
-Nitrógeno 1,25%
-1,25
-99,25. El resto son elementos residuales…que es donde está la magia.
-¡Ah, espera! ¿Y el calcio? El calcio no es residual…tiene que cuidar de todo el esqueleto.
-¿Eso crees, eh?
-Sí
-¿El calcio? El calcio es sólo un 0,25%
-¿Qué? ¿Tan poco?
-Ahá…
-No se me habría ocurrido..vale, ¿y dónde…entra el hierro?
-Mmmm vale…0,00004%
-¿Qué? ¡No puede haber hemoglobina sin hierro!
- No hace falta mucha…
-No, es cierto, ya ves. ¿Eh… sodio?
-0,04. Fósforo 0,19
-0,19, ahí está. O sea…que, todo junto, suma en total 99,888042%...nos falta 0,111958…y ya
-Debería estar todo…
-Ahá
-Sí. No sé, es que…¿parece que falta algo, verdad? En un ser humano tiene que haber algo más que esto…
-¿Puede ser el alma?
-El alma…aquí yo no veo más que química.
viernes, 1 de julio de 2011
Adeus
He dejado para el final una letra de Lluís Llach. Me llegó un día en el correo, escrita a mano en un pañuelo con las iniciales P.M. Paula me pedía que lo dejara sobre tu tumba, para que la lluvia y los días lo convirtieran en tierra tuya. Así lo hice. ¿Verdad que estás deseando conocer el texto?
"Si em dius adéu,
vull que el dia sigui net i clar.
I si l´atzar et porta lluny,
que els déus et guardin el camí,
que t´acompanyin els ocells,
que t´acaronin els estels"
Te traduzco:
"Si me dices adiós,
quiero que el día sea limpio y claro.
Y si el azar te lleva lejos,
que los dioses te guarden el camino,
que los pájaros te acompañen,
que te acaricien las estrellas"
Rosalía
José Ramón Ayllón, "Vigo es Vivaldi"
miércoles, 22 de junio de 2011
Solsticio de verano
-Es por aquí -dijo Lyra, tirando a Will de la mano.
Pasaron frente a una fuente situada debajo un gigantesco árbol, giraron a la izquierda y avanzaron entre los macizos de flores hasta llegar a un pino de varios troncos. Allí vieron un recio muro de piedra con una puerta. Más allá, hacia el interior del jardín, los árboles eran más jóvenes y la disposición de las plantas menos formal. Lyra condujo a Will casi hasta el final del jardín, a través de un pequeño puente, hasta llegar a un banco de madera situado bajo un árbol de largas ramas que se inclinaban hacia el suelo.
-¡Sí! -exclamó-. ¡Confiaba en que siguiera aquí! ¡Qué alegría, Will! Yo venía aquí, en mi Oxford, y cuando deseaba estar sola me sentaba en este banco, con Pan. Pensé que si pudieras venir aquí... más o menos una vez al año..., al mismo tiempo que yo, durante una hora, podríamos fingir que volvíamos a estar juntos, y lo estaríamos, si permaneciéramos un rato sentados aquí, tú y yo solos, en mi mundo...
-Regresaré aquí mientras viva -dijo Will-. Esté donde esté, regresaré a este lugar.
-El día del solsticio de verano -dijo Lyra-, al mediodía.
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«A partir de ahora tengo que intentar mostrarme alegre», pensó Will, pero era como tratar de aplacar a un lobo enfurecido que sostienes en brazos y pretende arañarte la cara y arrancarte los ojos. No obstante lo consiguió, convencido de que nadie había advertido el esfuerzo que le había costado.
Will sabía que a Lyra le estaba costando el mismo esfuerzo, como confirmaba la expresión forzada y la tensión de su sonrisa. No obstante, Lyra sonrió.
Un último beso, tan apresurado y torpe que sus mejillas chocaron entre sí y una lágrima pasó de los ojos de Lyra al rostro de Will; sus dos daimonions se despidieron con un beso y Pantalaimon atravesó corriendo el umbral y saltó en brazos de Lyra. Acto seguido Will empezó a cerrar la ventana. Al concluir la operación, la vía de acceso quedó cerrada y Lyra desapareció de la vista.
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Pan se bajó del banco y se acurrucó en su regazo. Estaban a salvo en la oscuridad, ella, su daimonion y los secretos de ambos, pensó Lyra. En algún lugar de la ciudad que dormía estaban los libros que le enseñarían de nuevo a leer el aletiómetro, la bondadosa e instruida mujer que le daría clases, las alumnas del colegio, que sabían infinitamente más que ella...
«Aún lo ignoran - pensó Lyra - , pero serán mis amigas.»
-Eso que dijo Will... - murmuró Pantalaimon.
-¿Qué?
-En la playa, poco antes de que intentaras leer el aletiómetro. Dijo que no existía otro lugar. Eso fue lo que te dijo su padre. Pero había otra cosa...
-Lo recuerdo. Se refería a que el Reino del Cielo había llegado a su fin. Que no debíamos vivir como si fuera más importante que la misma vida, porque lo más importante es siempre el lugar donde nos encontramos.
-Dijo que teníamos que construir algo...
-Por eso necesitamos vivir toda la vida que nos corresponde, Pan. Nuestro deseo era irnos con Will y con Kirjava, ¿no es así?
-Sí. ¡Por supuesto! Y ellos se habrían venido con nosotros. Pero...
-Pero entonces no habríamos podido construir. Nadie es capaz de hacerlo si antepone sus deseos. En nuestros diversos mundos, todos tenemos que esforzarnos en conseguir esas cosas tan difíciles como ser alegres, bondadosos, curiosos, valientes y pacientes, y tenemos que estudiar, pensar y trabajar duro, y entonces lograremos construir...
Lyra apoyó las manos en el lustroso pelo de su daimonion. En ese momento oyó cantar a un ruiseñor en un rincón del jardín y notó que la brisa agitaba su pelo y las hojas de los árboles. Todas las campanas de la ciudad tañían simultáneamente: una más abajo, otra junto a ellos, otra más alejada, una agrietada y arisca, otra grave y sonora, pero todas, con sus distintas voces, se habían puesto de acuerdo en la hora que era, aunque algunas la señalaran con más parsimonia. En aquel otro Oxford donde Will y ella se habían besado en el momento de despedirse también tañían las campanas, cantaba un ruiseñor y la brisa agitaba las hojas del Jardín Botánico.
-¿Y luego qué? -preguntó su daimonion con voz somnolienta-. ¿Qué es lo que debemos construir?
-La república del cielo -respondió Lyra.
Philip Pullman, "El catalejo lacado"
domingo, 12 de junio de 2011
Carretera perdida
“¿En qué me he convertido?”, pensaba. Comencé a andar por una callejuela estrecha. Las farolas desprendían una luz tenue, dando a la ciudad un aspecto de otro tiempo, de otra vida. Aquello parecía una película de David Lynch. El sonido de mis pies al andar recordaba al tic-tac de un reloj de pared, acercándome lenta pero inevitablemente al encuentro de la medianoche. Inspiré fuertemente. El frescor nocturno se filtraba por cada uno de mis poros, renovándome por dentro y dejando salir una respiración pura y espaciada. Las calles estaban vacías, ni un alma deambulaba por sus aceras empedradas, nadie se deleitaba en las esquinas del pecado. Dejaba fluir el pensamiento y las imágenes se sucedían como un rollo de película: trajes, cortes de pelo, corbatas, zapatos impecables, un temple duro y melancólico, cortes de pelo, la mirada perdida, un apretón de manos firme, palabras sin fondo, chaquetas de lino, cortes de pelo, las arrugas premonitorias, los andares al estilo Henry Fonda, las colillas humeantes de un pasado incierto. Antes de todo aquello yo era un tipo bastante decente. Con las inquietudes, los ideales, y las locuras de un hombre joven. Pero al crecer, uno se contagia del mundo, y el mundo se contagia de uno, y lo primero siempre suele prevalecer sobre lo segundo. Ahora caminaba por una avenida amplia, coronada por inmensos árboles a los lados, viendo el ir y venir de los primeros transeúntes, y mientras tanto fumaba un cigarro. El humo se desvanecía en la oscuridad como las últimas luces de un paisaje de invierno.
Por supuesto, también estaba ella. En todas las historias hay un “ella”. Con distinto color, o un matiz distinto en su fragancia. Con el pelo castaño y recortado, algo único en su atrevimiento, con la melena pelirroja al viento, en alardes de simpleza, o con los cabellos rubios, rayos de sol derramados en espaldas sin nombre. A veces más altas, y también más altivas, otras más discretas y aprensivas. Con bisutería, o sin ella. Con aromas de Chanel o con champús de hierbas. Con lo puesto o con lo estudiado. Con la rima o con el silencio. Cuanto más rara, cuanto más loca, mejor.
En esta historia, “ella” no tiene un rostro concreto. Ella es una sombra de lo que un dia fue. Una sombra sin hogar ni rumbo, difuminada por el pincel impreciso de mi memoria. Posiblemente una imagen en mi mente, o tal vez fue real en algún punto del camino. Puede que me limitara a juntar facciones de los incontables rostros que han pasado por mi lado, día tras día, esperando resolver un complicado rompecabezas del que ahora no puedo salir. Y cuando veo próximo el final, cuando las piezas cobran forma, necesito deshacerlo todo y volver a empezar. Siento que, si pongo la última pieza, si intento darle un sentido a todo, cometeré un terrible error. Y eso nunca podría perdonármelo.
Pero quizás sea mejor comenzar desde el principio.