Circulaba poco tráfico por la calle mayor, y cuando bajaron por la calera frente al Colegio Magdalen y se dirigieron hacia el Jardín Botánico, comprobaron que estaban solos. Junto al ornado portal había unos bancos de piedra, y mientras Mary y Serafina esperaban sentadas allí, Will y Lyra se encaramaron en la verja de hierro y saltaron al jardín. Sus daimonions se deslizaron por entre los barrotes y se adelantaron corriendo.
-Es por aquí -dijo Lyra, tirando a Will de la mano.
Pasaron frente a una fuente situada debajo un gigantesco árbol, giraron a la izquierda y avanzaron entre los macizos de flores hasta llegar a un pino de varios troncos. Allí vieron un recio muro de piedra con una puerta. Más allá, hacia el interior del jardín, los árboles eran más jóvenes y la disposición de las plantas menos formal. Lyra condujo a Will casi hasta el final del jardín, a través de un pequeño puente, hasta llegar a un banco de madera situado bajo un árbol de largas ramas que se inclinaban hacia el suelo.
-¡Sí! -exclamó-. ¡Confiaba en que siguiera aquí! ¡Qué alegría, Will! Yo venía aquí, en mi Oxford, y cuando deseaba estar sola me sentaba en este banco, con Pan. Pensé que si pudieras venir aquí... más o menos una vez al año..., al mismo tiempo que yo, durante una hora, podríamos fingir que volvíamos a estar juntos, y lo estaríamos, si permaneciéramos un rato sentados aquí, tú y yo solos, en mi mundo...
-Regresaré aquí mientras viva -dijo Will-. Esté donde esté, regresaré a este lugar.
-El día del solsticio de verano -dijo Lyra-, al mediodía.
--------------------------------------
«A partir de ahora tengo que intentar mostrarme alegre», pensó Will, pero era como tratar de aplacar a un lobo enfurecido que sostienes en brazos y pretende arañarte la cara y arrancarte los ojos. No obstante lo consiguió, convencido de que nadie había advertido el esfuerzo que le había costado.
Will sabía que a Lyra le estaba costando el mismo esfuerzo, como confirmaba la expresión forzada y la tensión de su sonrisa. No obstante, Lyra sonrió.
Un último beso, tan apresurado y torpe que sus mejillas chocaron entre sí y una lágrima pasó de los ojos de Lyra al rostro de Will; sus dos daimonions se despidieron con un beso y Pantalaimon atravesó corriendo el umbral y saltó en brazos de Lyra. Acto seguido Will empezó a cerrar la ventana. Al concluir la operación, la vía de acceso quedó cerrada y Lyra desapareció de la vista.
-------------------------------------
Pan se bajó del banco y se acurrucó en su regazo. Estaban a salvo en la oscuridad, ella, su daimonion y los secretos de ambos, pensó Lyra. En algún lugar de la ciudad que dormía estaban los libros que le enseñarían de nuevo a leer el aletiómetro, la bondadosa e instruida mujer que le daría clases, las alumnas del colegio, que sabían infinitamente más que ella...
«Aún lo ignoran - pensó Lyra - , pero serán mis amigas.»
-Eso que dijo Will... - murmuró Pantalaimon.
-¿Qué?
-En la playa, poco antes de que intentaras leer el aletiómetro. Dijo que no existía otro lugar. Eso fue lo que te dijo su padre. Pero había otra cosa...
-Lo recuerdo. Se refería a que el Reino del Cielo había llegado a su fin. Que no debíamos vivir como si fuera más importante que la misma vida, porque lo más importante es siempre el lugar donde nos encontramos.
-Dijo que teníamos que construir algo...
-Por eso necesitamos vivir toda la vida que nos corresponde, Pan. Nuestro deseo era irnos con Will y con Kirjava, ¿no es así?
-Sí. ¡Por supuesto! Y ellos se habrían venido con nosotros. Pero...
-Pero entonces no habríamos podido construir. Nadie es capaz de hacerlo si antepone sus deseos. En nuestros diversos mundos, todos tenemos que esforzarnos en conseguir esas cosas tan difíciles como ser alegres, bondadosos, curiosos, valientes y pacientes, y tenemos que estudiar, pensar y trabajar duro, y entonces lograremos construir...
Lyra apoyó las manos en el lustroso pelo de su daimonion. En ese momento oyó cantar a un ruiseñor en un rincón del jardín y notó que la brisa agitaba su pelo y las hojas de los árboles. Todas las campanas de la ciudad tañían simultáneamente: una más abajo, otra junto a ellos, otra más alejada, una agrietada y arisca, otra grave y sonora, pero todas, con sus distintas voces, se habían puesto de acuerdo en la hora que era, aunque algunas la señalaran con más parsimonia. En aquel otro Oxford donde Will y ella se habían besado en el momento de despedirse también tañían las campanas, cantaba un ruiseñor y la brisa agitaba las hojas del Jardín Botánico.
-¿Y luego qué? -preguntó su daimonion con voz somnolienta-. ¿Qué es lo que debemos construir?
-La república del cielo -respondió Lyra.
Philip Pullman, "El catalejo lacado"
miércoles, 22 de junio de 2011
domingo, 12 de junio de 2011
Carretera perdida
Me encontraba en un vía crucis de duda e incertidumbre. Podría rememorar uno a uno los pasos que me habían llevado hasta ese punto, y enlazarlos como perlas de una larga cadena de acontecimientos, pero en aquel momento el aire a mi alrededor y en mi cabeza era demasiado espeso, casi sólido. Lo constreñía todo, en ese escenario el más sutil pensamiento quedaba presa de una vorágine autodestructiva, dejando sus ecos en una etérea explanada de silencio.
“¿En qué me he convertido?”, pensaba. Comencé a andar por una callejuela estrecha. Las farolas desprendían una luz tenue, dando a la ciudad un aspecto de otro tiempo, de otra vida. Aquello parecía una película de David Lynch. El sonido de mis pies al andar recordaba al tic-tac de un reloj de pared, acercándome lenta pero inevitablemente al encuentro de la medianoche. Inspiré fuertemente. El frescor nocturno se filtraba por cada uno de mis poros, renovándome por dentro y dejando salir una respiración pura y espaciada. Las calles estaban vacías, ni un alma deambulaba por sus aceras empedradas, nadie se deleitaba en las esquinas del pecado. Dejaba fluir el pensamiento y las imágenes se sucedían como un rollo de película: trajes, cortes de pelo, corbatas, zapatos impecables, un temple duro y melancólico, cortes de pelo, la mirada perdida, un apretón de manos firme, palabras sin fondo, chaquetas de lino, cortes de pelo, las arrugas premonitorias, los andares al estilo Henry Fonda, las colillas humeantes de un pasado incierto. Antes de todo aquello yo era un tipo bastante decente. Con las inquietudes, los ideales, y las locuras de un hombre joven. Pero al crecer, uno se contagia del mundo, y el mundo se contagia de uno, y lo primero siempre suele prevalecer sobre lo segundo. Ahora caminaba por una avenida amplia, coronada por inmensos árboles a los lados, viendo el ir y venir de los primeros transeúntes, y mientras tanto fumaba un cigarro. El humo se desvanecía en la oscuridad como las últimas luces de un paisaje de invierno.
Por supuesto, también estaba ella. En todas las historias hay un “ella”. Con distinto color, o un matiz distinto en su fragancia. Con el pelo castaño y recortado, algo único en su atrevimiento, con la melena pelirroja al viento, en alardes de simpleza, o con los cabellos rubios, rayos de sol derramados en espaldas sin nombre. A veces más altas, y también más altivas, otras más discretas y aprensivas. Con bisutería, o sin ella. Con aromas de Chanel o con champús de hierbas. Con lo puesto o con lo estudiado. Con la rima o con el silencio. Cuanto más rara, cuanto más loca, mejor.
En esta historia, “ella” no tiene un rostro concreto. Ella es una sombra de lo que un dia fue. Una sombra sin hogar ni rumbo, difuminada por el pincel impreciso de mi memoria. Posiblemente una imagen en mi mente, o tal vez fue real en algún punto del camino. Puede que me limitara a juntar facciones de los incontables rostros que han pasado por mi lado, día tras día, esperando resolver un complicado rompecabezas del que ahora no puedo salir. Y cuando veo próximo el final, cuando las piezas cobran forma, necesito deshacerlo todo y volver a empezar. Siento que, si pongo la última pieza, si intento darle un sentido a todo, cometeré un terrible error. Y eso nunca podría perdonármelo.
Pero quizás sea mejor comenzar desde el principio.
“¿En qué me he convertido?”, pensaba. Comencé a andar por una callejuela estrecha. Las farolas desprendían una luz tenue, dando a la ciudad un aspecto de otro tiempo, de otra vida. Aquello parecía una película de David Lynch. El sonido de mis pies al andar recordaba al tic-tac de un reloj de pared, acercándome lenta pero inevitablemente al encuentro de la medianoche. Inspiré fuertemente. El frescor nocturno se filtraba por cada uno de mis poros, renovándome por dentro y dejando salir una respiración pura y espaciada. Las calles estaban vacías, ni un alma deambulaba por sus aceras empedradas, nadie se deleitaba en las esquinas del pecado. Dejaba fluir el pensamiento y las imágenes se sucedían como un rollo de película: trajes, cortes de pelo, corbatas, zapatos impecables, un temple duro y melancólico, cortes de pelo, la mirada perdida, un apretón de manos firme, palabras sin fondo, chaquetas de lino, cortes de pelo, las arrugas premonitorias, los andares al estilo Henry Fonda, las colillas humeantes de un pasado incierto. Antes de todo aquello yo era un tipo bastante decente. Con las inquietudes, los ideales, y las locuras de un hombre joven. Pero al crecer, uno se contagia del mundo, y el mundo se contagia de uno, y lo primero siempre suele prevalecer sobre lo segundo. Ahora caminaba por una avenida amplia, coronada por inmensos árboles a los lados, viendo el ir y venir de los primeros transeúntes, y mientras tanto fumaba un cigarro. El humo se desvanecía en la oscuridad como las últimas luces de un paisaje de invierno.
Por supuesto, también estaba ella. En todas las historias hay un “ella”. Con distinto color, o un matiz distinto en su fragancia. Con el pelo castaño y recortado, algo único en su atrevimiento, con la melena pelirroja al viento, en alardes de simpleza, o con los cabellos rubios, rayos de sol derramados en espaldas sin nombre. A veces más altas, y también más altivas, otras más discretas y aprensivas. Con bisutería, o sin ella. Con aromas de Chanel o con champús de hierbas. Con lo puesto o con lo estudiado. Con la rima o con el silencio. Cuanto más rara, cuanto más loca, mejor.
En esta historia, “ella” no tiene un rostro concreto. Ella es una sombra de lo que un dia fue. Una sombra sin hogar ni rumbo, difuminada por el pincel impreciso de mi memoria. Posiblemente una imagen en mi mente, o tal vez fue real en algún punto del camino. Puede que me limitara a juntar facciones de los incontables rostros que han pasado por mi lado, día tras día, esperando resolver un complicado rompecabezas del que ahora no puedo salir. Y cuando veo próximo el final, cuando las piezas cobran forma, necesito deshacerlo todo y volver a empezar. Siento que, si pongo la última pieza, si intento darle un sentido a todo, cometeré un terrible error. Y eso nunca podría perdonármelo.
Pero quizás sea mejor comenzar desde el principio.
lunes, 30 de mayo de 2011
Hombres huecos
Pero, tal como puedes ver, también soy un ser humano y también me he sentido discriminado en diversas ocasiones —explica Oshima—. Y sólo una persona que haya sido discriminada sabe lo que eso representa y lo profundamente que hiere. La herida es diferente en cada persona y en cada persona deja una huella distinta. Así que a mí nadie me gana en lo que se refiere a pedir justicia o equidad. Sólo que ya estoy más que harto de la gente sin imaginación. De ese tipo de gente que T.S. Elliot llama «hombres huecos». Personas que suplen su falta de imaginación, esa parte vacía, con filfa insensible y que van por el mundo sin percatarse de ello. Personas que intentan imponer a la fuerza a los demás esa insensibilidad soltando, una tras otra, palabras huecas. Personas, en definitiva, como esa pareja de antes. — Oshima suspira y hace girar entre sus dedos el largo lápiz—. Sean gays, lesbianas, heterosexuales, feministas, cerdos fascistas, comunistas, Hare Krishnas. A mí tanto me da. A mí no me importa la bandera que enarbolen. Lo que yo no puedo soportar es a esos tipos huecos. Y cuando se me pone uno delante no me puedo aguantar. Acabo soltando más cosas de la cuenta. Antes, por ejemplo, hubiera podido dejar que hablasen. O llamar a la señora Saeki y permitir que ella se encargara del asunto. Ella lo hubiera solucionado con cuatro sonrisas. Pero yo soy incapaz de hacerlo. Acabo diciendo cosas que no debería decir, haciendo cosas que no debería hacer. No puedo controlarme. Ése es mi punto débil. ¿Y sabes por qué?
—¿Porque si te tomaras en serio a cada una de las personas sin imaginación que se te pusieran delante no darías abasto? —pregunto.
—Exacto —dice Oshima. Y con la goma del lápiz se aprieta suavemente la sien—. En realidad, es eso. Pero quiero que recuerdes una cosa, Kafka Tamura. Y es que los que mataron al novio de adolescencia de la señora Saeki no fueron otros que esa clase de sujetos. Sujetos estrechos de miras, intolerantes y sin imaginación. Tesis desconectadas de la realidad, terminología vacía, ideales usurpados, sistemas inflexibles. Son estas cosas las que a mí, realmente, me dan miedo. Son estas cosas las que yo temo y odio con todo mi corazón. Es importante saber qué es correcto y qué no lo es, por supuesto. Sin embargo, los errores de juicio personales pueden corregirse en la mayoría de los casos. Si uno tiene la valentía de reconocer su error, las cosas, generalmente, se pueden arreglar. Pero la estrechez de miras y la
intolerancia de la gente sin imaginación son igual que parásitos. Provocan cambios en el cuerpo que les acoge y, mudando de forma, se reproducen hasta el infinito. Y eso no hay manera de detenerlo. Y yo, semejantes sujetos, no quiero que entren aquí. —Oshima señala las estanterías con la punta del lápiz. Se refería, por supuesto, a la totalidad de la biblioteca—. Yo no puedo tomarme a risa a gente como ésa.
Haruki Murakami, "Kafka en la orilla"
—¿Porque si te tomaras en serio a cada una de las personas sin imaginación que se te pusieran delante no darías abasto? —pregunto.
—Exacto —dice Oshima. Y con la goma del lápiz se aprieta suavemente la sien—. En realidad, es eso. Pero quiero que recuerdes una cosa, Kafka Tamura. Y es que los que mataron al novio de adolescencia de la señora Saeki no fueron otros que esa clase de sujetos. Sujetos estrechos de miras, intolerantes y sin imaginación. Tesis desconectadas de la realidad, terminología vacía, ideales usurpados, sistemas inflexibles. Son estas cosas las que a mí, realmente, me dan miedo. Son estas cosas las que yo temo y odio con todo mi corazón. Es importante saber qué es correcto y qué no lo es, por supuesto. Sin embargo, los errores de juicio personales pueden corregirse en la mayoría de los casos. Si uno tiene la valentía de reconocer su error, las cosas, generalmente, se pueden arreglar. Pero la estrechez de miras y la
intolerancia de la gente sin imaginación son igual que parásitos. Provocan cambios en el cuerpo que les acoge y, mudando de forma, se reproducen hasta el infinito. Y eso no hay manera de detenerlo. Y yo, semejantes sujetos, no quiero que entren aquí. —Oshima señala las estanterías con la punta del lápiz. Se refería, por supuesto, a la totalidad de la biblioteca—. Yo no puedo tomarme a risa a gente como ésa.
Haruki Murakami, "Kafka en la orilla"
sábado, 30 de abril de 2011
The sound of silence
And in the naked light I saw
ten thousand people, maybe more.
People talking without speaking,
people hearing without listening,
people writing songs that voices never share
and no one dared
disturb the sound of silence.
"Fools" I said, "You do not know
silence like a cancer grows.
Hear my words that I might teach you,
take my arms that I might reach you."
But my words like silent raindrops fell,
and echoed in the wells of silence.
Simon and Garfunkel, "The sound of silence"
ten thousand people, maybe more.
People talking without speaking,
people hearing without listening,
people writing songs that voices never share
and no one dared
disturb the sound of silence.
"Fools" I said, "You do not know
silence like a cancer grows.
Hear my words that I might teach you,
take my arms that I might reach you."
But my words like silent raindrops fell,
and echoed in the wells of silence.
Simon and Garfunkel, "The sound of silence"
lunes, 14 de marzo de 2011
Corazón de tinta
He acabado mi libro de poemas.
He acabado las rimas de encargo,
las letras medidas, los pasos en falso.
Las mismas mentiras de siempre,
lo entiendes, quizás otros te las cuenten.
He acabado las noches en vela,
las mismas infancias robadas,
el mismo romper
de las olas de otros años,
corazón de tinta que duermes en mis brazos,
me llevas entre tanto por castillos de papel,
sigue dando luz a este delirio sin cabeza,
sigue derramando sangre negra en tu almohada.
He acabado las lluvias a destiempo,
gotas que despiertan de un sueño en las aceras,
así entrelazan horizontes
de mañanas sin perfume, de sábanas vacías,
y un marco de fotos sin nombre
donde salpican los versos,
empapando cicatrices de sonrisas sin respuesta,
recorriendo la frontera de unas curvas sin sabor.
Vamos regalando nuestros andares dichosos,
las flores en tu puerta, los lazos de año nuevo
para envolver la escarcha de tus dedos en invierno,
para dejar las huellas al anónimo pasar
de aquella espera,
de aquel silencio.
¿Qué has vivido, si nunca escuchaste cantar a la sirena?
¿Qué te queda, cuando las palabras se nos mueren al salir?
He acabado las rimas de encargo,
las letras medidas, los pasos en falso.
Las mismas mentiras de siempre,
lo entiendes, quizás otros te las cuenten.
He acabado las noches en vela,
las mismas infancias robadas,
el mismo romper
de las olas de otros años,
corazón de tinta que duermes en mis brazos,
me llevas entre tanto por castillos de papel,
sigue dando luz a este delirio sin cabeza,
sigue derramando sangre negra en tu almohada.
He acabado las lluvias a destiempo,
gotas que despiertan de un sueño en las aceras,
así entrelazan horizontes
de mañanas sin perfume, de sábanas vacías,
y un marco de fotos sin nombre
donde salpican los versos,
empapando cicatrices de sonrisas sin respuesta,
recorriendo la frontera de unas curvas sin sabor.
Vamos regalando nuestros andares dichosos,
las flores en tu puerta, los lazos de año nuevo
para envolver la escarcha de tus dedos en invierno,
para dejar las huellas al anónimo pasar
de aquella espera,
de aquel silencio.
¿Qué has vivido, si nunca escuchaste cantar a la sirena?
¿Qué te queda, cuando las palabras se nos mueren al salir?
jueves, 3 de marzo de 2011
Entre el centeno
Gin a body meet a body
Comin thro' the rye,
Gin a body kiss a body,
Need a body cry?
-Deja de jurar y dime otra cosa. Dime por ejemplo qué te gustaría ser. Científico o abogado o qué.
-Científico no. Para las ciencias soy un desastre.
—Entonces abogado como papá.
-Supongo que eso no estaría mal, pero no me gusta. Me gustaría si los abogados fueran por ahí salvando de verdad vidas de tipos inocentes, pero eso nunca lo hacen. Lo que hacen es ganar un montón de pasta, jugar al golf y al bridge, comprarse coches, beber martinis secos y darse mucha importancia. Además, si de verdad te pones a defender a tíos inocentes, ¿cómo sabes que lo haces porque quieres salvarles la vida, o porque quieres que todos te consideren un abogado estupendo y te den palmaditas en la espalda y te feliciten los periodistas cuando acaba el juicio como pasa en toda esa imbecilidad de películas? ¿Cómo sabes tú mismo que no te estás mintiendo? Eso es lo malo, que nunca llegas a saberlo.
No sé si Phoebe entendía o no lo que quería decir porque es aún muy cría para eso, pero al menos me escuchaba. Da gusto que le escuchen a uno.
-Papá va a matarte. Va a matarte -me dijo.
Pero no la oí. Estaba pensando en otra cosa. En una cosa absurda.
-¿Sabes lo que me gustaría ser? ¿Sabes lo que me gustaría ser de verdad si pudiera elegir?
-¿Qué?
-¿Te acuerdas de esa canción que dice, «Si un cuerpo coge a otro cuerpo, cuando van entre el centeno...»? Me gustaría...
-Es «Si un cuerpo encuentra a otro cuerpo, cuando van entre el centeno» -dijo Phoebe-. Y es un poema. Un poema de Robert Burns.
-Ya sé que es un poema de Robert Burns.
Tenía razón. Es «Si un cuerpo encuentra a otro cuerpo, cuando van entre el centeno», pero entonces no lo sabía.
-Creí que era, «Si un cuerpo coge a otro cuerpo» -le dije-, pero, verás. Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adonde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura.
Phoebe se quedó callada mucho tiempo. Luego, cuando al fin habló, sólo dijo:
-Papá va a matarte.
J. D. Salinger, "El guardián entre el centeno"
Comin thro' the rye,
Gin a body kiss a body,
Need a body cry?
-Deja de jurar y dime otra cosa. Dime por ejemplo qué te gustaría ser. Científico o abogado o qué.
-Científico no. Para las ciencias soy un desastre.
—Entonces abogado como papá.
-Supongo que eso no estaría mal, pero no me gusta. Me gustaría si los abogados fueran por ahí salvando de verdad vidas de tipos inocentes, pero eso nunca lo hacen. Lo que hacen es ganar un montón de pasta, jugar al golf y al bridge, comprarse coches, beber martinis secos y darse mucha importancia. Además, si de verdad te pones a defender a tíos inocentes, ¿cómo sabes que lo haces porque quieres salvarles la vida, o porque quieres que todos te consideren un abogado estupendo y te den palmaditas en la espalda y te feliciten los periodistas cuando acaba el juicio como pasa en toda esa imbecilidad de películas? ¿Cómo sabes tú mismo que no te estás mintiendo? Eso es lo malo, que nunca llegas a saberlo.
No sé si Phoebe entendía o no lo que quería decir porque es aún muy cría para eso, pero al menos me escuchaba. Da gusto que le escuchen a uno.
-Papá va a matarte. Va a matarte -me dijo.
Pero no la oí. Estaba pensando en otra cosa. En una cosa absurda.
-¿Sabes lo que me gustaría ser? ¿Sabes lo que me gustaría ser de verdad si pudiera elegir?
-¿Qué?
-¿Te acuerdas de esa canción que dice, «Si un cuerpo coge a otro cuerpo, cuando van entre el centeno...»? Me gustaría...
-Es «Si un cuerpo encuentra a otro cuerpo, cuando van entre el centeno» -dijo Phoebe-. Y es un poema. Un poema de Robert Burns.
-Ya sé que es un poema de Robert Burns.
Tenía razón. Es «Si un cuerpo encuentra a otro cuerpo, cuando van entre el centeno», pero entonces no lo sabía.
-Creí que era, «Si un cuerpo coge a otro cuerpo» -le dije-, pero, verás. Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adonde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura.
Phoebe se quedó callada mucho tiempo. Luego, cuando al fin habló, sólo dijo:
-Papá va a matarte.
J. D. Salinger, "El guardián entre el centeno"
jueves, 15 de julio de 2010
Tarde de domingo
- Definitivamente, eres la persona más rara que conozco.
- En mi familia siempre hemos sido así.- Midori clavó un codo sobre la mesa, reclinando la cabeza.- Desde pequeña, los demás siempre me decían "Midori haz esto", "Midori haz esto otro", "sé una niña buena y mantén tus modales delante de la gente", pero yo siempre iba a mi aire. Si quería algo lo cogía, y punto. Si a alguien le molestaba que yo fuera de una forma o de otra, más razones me daba para rebelarme. Mi padre y mi hermana eran los únicos que me importaban. Y como a ellos esas cosas les daban igual, nunca me preocupé de cambiar.
********
Seguimos andando a lo largo de una avenida llena de árboles. Debía haber un parque cerca, porque a nuestro lado pasaban a menudo algunos niños con sus madres, y parejas de novios despreocupadas que paseaban de la mano. Midori parecía pensativa mientras avanzábamos a lo largo de aquel camino. Vista objetivamente, era bastante guapa. Llevaba el pelo corto, y sus rasgos eran suaves y armónicos. Además, tenía unas piernas bonitas y estilizadas que no pasaban desapercibidas para los transeúntes masculinos, quienes siempre echaban una mirada de reojo al pasar junto a nosotros. Probablemente, de haberla conocido en otro momento, me habría interesado más por ella. Pero ahora mismo estaba atado de pies y manos. Naoko absorbía mis pensamientos a lo largo del día, y a veces también por las noches, durante mis sueños. En el último de ellos, aparecía bajo las columnas de un panteón. Yo subía las escaleras para llegar a ella, pero, cuando por fin la alcanzaba, otro rostro me devolvía la mirada. Una persona completamente desconocida me taladraba a través de unos ojos transparentes. Tenía la sensación de conocerla de algo, y parecía que tuviera algo importante que decirme, pero, en cuanto despegaba sus labios, un ruido de despertador amortiguaba sus palabras. Cuando me ocurría, despertaba confuso y desorientado, y permanecía sentado en la cama, y entonces el tiempo se paraba, durante minutos, o segundos, o tal vez horas.
Yo seguía reflexionando sobre todas estas cosas cuando Midori volvió a hablarme.
- ¿Sabes? Ahora que lo pienso, tú no tienes hermanos, ¿no, Watanabe?
- No, soy hijo único.
- A mí me habría gustado saber cómo es. Acaparar todo el cariño de tus padres y familiares, sin tener que compartirlo con nadie.
- La verdad, no te pierdes mucho. Al contrario que tú, de pequeño siempre quise tener un compañero de juegos, a veces me aburría una auténtica barbaridad... Supongo que cada uno quiere aquello que no tiene.
Midori se quedó meditando unos instantes.
- ¿Y qué es lo que quieres tú, Watanabe?-preguntó.
- No lo sé ni yo.- la pregunta de Midori me cogía por sorpresa.- Tal vez lo mismo que todo el mundo, un buen trabajo, una chica bonita, vacaciones en el verano…
- ¡Qué aburrido! Yo no creo que tú seas así.
- Quizá aún no me conozcas lo suficiente.
- Créeme, yo de estos temas entiendo. A mí me parece que lo que la gente quiere en realidad es otra cosa.
- ¿Qué cosa?
- Alguien que esté ahí para siempre. Como las madres, ¿sabes? Alguien con quien puedas contar para lo que sea, que viniera desde la otra punta del mundo, si de veras lo desearas y fuese necesario.
- Es una forma interesante de verlo.
- Mi hermana y yo perdimos a nuestra madre cuando nací yo. Por eso nunca tuvimos a alguien que estuviera ahí siempre, siempre, siempre. Mi padre entró en el hospital, y ahí sigue, con una enfermera sujetándole el pito para que pueda orinar. Nos quedamos las dos solas. Así que, desde pequeñas, nos juramos que ninguna abandonaría jamás a la otra, sin importar lo que pasase, aunque nos casáramos o nos fuéramos a vivir muy, muy lejos.
- ¿Entonces encontraste lo que buscabas?
- Algo así.- Midori agachó la cabeza mientras seguíamos andando.- ¿Y tú, Watanabe? ¿Has encontrado lo que buscabas?
- Es complicado.-respondí. No me apetecía contar la historia completa de Naoko, así que simplifiqué.- Hay una chica, pero ahora mismo las cosas son muy difíciles. La situación es difícil. No sé muy bien lo que ocurrirá en el futuro. La verdad, tampoco quiero pensar en ello.
Continuamos andando a la sombra de los árboles hasta llegar al final de la calle. Una suave brisa nos soplaba en la cara, refrescando nuestros rostros. Cuando doblamos la esquina, tal como había pensado antes, encontramos un parque. Estaba lleno de niños con sus madres, y algunas parejas en los bancos. Aquí y allá veíamos corrillos de amigos que se relajaban en la hierba, sacando partido al sol. Caminamos hasta encontrar un banco y nos sentamos en una zona tranquila, situada junto a una enorme fuente que coronaba el ambiente natural de aquel lugar. Midori no tardó en subirse a la fuente, y comenzó a rodearla andando de puntillas sobre los bordes.
- ¡Ven, Watanabe! ¡Inténtalo tú también!
- Deberías tener cuidado.- la reprendí.- Si te caes desde ahí arriba te vas a hacer daño, y vas a acabar empapada.
- ¡Qué soso eres!- Midori se sentó en el borde de la fuente y, quitándose los zapatos, sumergió los pies en el agua.- ¡Anda ven! ¿Esto no es peligroso, verdad?
Tras agitar la cabeza resignadamente, me levanté y me senté junto a ella.
- Me encanta hacer esto.-dijo mientras empezaba a mover los pies bajo el agua. Los peces huían despavoridos en cuanto los dedos de Midori se acercaban a su territorio.- Cuando era niña y venía con mi padre, siempre me traía aquí para que pudiera remojarme un rato. Y luego, a veces me llevaba al parque de atracciones de Shizuka, que estaba de camino a casa.
- Podríamos ir después si quieres, hoy no tengo planes.
- No, hoy no me apetece.-empezó a chapotear con más fuerza, e intenté calmarla, pero demasiado tarde, con lo que ambos acabamos empapados entre risas y forcejeos. Midori sonrió y me miró radiante de alegría.- ¿Watanabe, me llevas a bailar?
- En mi familia siempre hemos sido así.- Midori clavó un codo sobre la mesa, reclinando la cabeza.- Desde pequeña, los demás siempre me decían "Midori haz esto", "Midori haz esto otro", "sé una niña buena y mantén tus modales delante de la gente", pero yo siempre iba a mi aire. Si quería algo lo cogía, y punto. Si a alguien le molestaba que yo fuera de una forma o de otra, más razones me daba para rebelarme. Mi padre y mi hermana eran los únicos que me importaban. Y como a ellos esas cosas les daban igual, nunca me preocupé de cambiar.
********
Seguimos andando a lo largo de una avenida llena de árboles. Debía haber un parque cerca, porque a nuestro lado pasaban a menudo algunos niños con sus madres, y parejas de novios despreocupadas que paseaban de la mano. Midori parecía pensativa mientras avanzábamos a lo largo de aquel camino. Vista objetivamente, era bastante guapa. Llevaba el pelo corto, y sus rasgos eran suaves y armónicos. Además, tenía unas piernas bonitas y estilizadas que no pasaban desapercibidas para los transeúntes masculinos, quienes siempre echaban una mirada de reojo al pasar junto a nosotros. Probablemente, de haberla conocido en otro momento, me habría interesado más por ella. Pero ahora mismo estaba atado de pies y manos. Naoko absorbía mis pensamientos a lo largo del día, y a veces también por las noches, durante mis sueños. En el último de ellos, aparecía bajo las columnas de un panteón. Yo subía las escaleras para llegar a ella, pero, cuando por fin la alcanzaba, otro rostro me devolvía la mirada. Una persona completamente desconocida me taladraba a través de unos ojos transparentes. Tenía la sensación de conocerla de algo, y parecía que tuviera algo importante que decirme, pero, en cuanto despegaba sus labios, un ruido de despertador amortiguaba sus palabras. Cuando me ocurría, despertaba confuso y desorientado, y permanecía sentado en la cama, y entonces el tiempo se paraba, durante minutos, o segundos, o tal vez horas.
Yo seguía reflexionando sobre todas estas cosas cuando Midori volvió a hablarme.
- ¿Sabes? Ahora que lo pienso, tú no tienes hermanos, ¿no, Watanabe?
- No, soy hijo único.
- A mí me habría gustado saber cómo es. Acaparar todo el cariño de tus padres y familiares, sin tener que compartirlo con nadie.
- La verdad, no te pierdes mucho. Al contrario que tú, de pequeño siempre quise tener un compañero de juegos, a veces me aburría una auténtica barbaridad... Supongo que cada uno quiere aquello que no tiene.
Midori se quedó meditando unos instantes.
- ¿Y qué es lo que quieres tú, Watanabe?-preguntó.
- No lo sé ni yo.- la pregunta de Midori me cogía por sorpresa.- Tal vez lo mismo que todo el mundo, un buen trabajo, una chica bonita, vacaciones en el verano…
- ¡Qué aburrido! Yo no creo que tú seas así.
- Quizá aún no me conozcas lo suficiente.
- Créeme, yo de estos temas entiendo. A mí me parece que lo que la gente quiere en realidad es otra cosa.
- ¿Qué cosa?
- Alguien que esté ahí para siempre. Como las madres, ¿sabes? Alguien con quien puedas contar para lo que sea, que viniera desde la otra punta del mundo, si de veras lo desearas y fuese necesario.
- Es una forma interesante de verlo.
- Mi hermana y yo perdimos a nuestra madre cuando nací yo. Por eso nunca tuvimos a alguien que estuviera ahí siempre, siempre, siempre. Mi padre entró en el hospital, y ahí sigue, con una enfermera sujetándole el pito para que pueda orinar. Nos quedamos las dos solas. Así que, desde pequeñas, nos juramos que ninguna abandonaría jamás a la otra, sin importar lo que pasase, aunque nos casáramos o nos fuéramos a vivir muy, muy lejos.
- ¿Entonces encontraste lo que buscabas?
- Algo así.- Midori agachó la cabeza mientras seguíamos andando.- ¿Y tú, Watanabe? ¿Has encontrado lo que buscabas?
- Es complicado.-respondí. No me apetecía contar la historia completa de Naoko, así que simplifiqué.- Hay una chica, pero ahora mismo las cosas son muy difíciles. La situación es difícil. No sé muy bien lo que ocurrirá en el futuro. La verdad, tampoco quiero pensar en ello.
Continuamos andando a la sombra de los árboles hasta llegar al final de la calle. Una suave brisa nos soplaba en la cara, refrescando nuestros rostros. Cuando doblamos la esquina, tal como había pensado antes, encontramos un parque. Estaba lleno de niños con sus madres, y algunas parejas en los bancos. Aquí y allá veíamos corrillos de amigos que se relajaban en la hierba, sacando partido al sol. Caminamos hasta encontrar un banco y nos sentamos en una zona tranquila, situada junto a una enorme fuente que coronaba el ambiente natural de aquel lugar. Midori no tardó en subirse a la fuente, y comenzó a rodearla andando de puntillas sobre los bordes.
- ¡Ven, Watanabe! ¡Inténtalo tú también!
- Deberías tener cuidado.- la reprendí.- Si te caes desde ahí arriba te vas a hacer daño, y vas a acabar empapada.
- ¡Qué soso eres!- Midori se sentó en el borde de la fuente y, quitándose los zapatos, sumergió los pies en el agua.- ¡Anda ven! ¿Esto no es peligroso, verdad?
Tras agitar la cabeza resignadamente, me levanté y me senté junto a ella.
- Me encanta hacer esto.-dijo mientras empezaba a mover los pies bajo el agua. Los peces huían despavoridos en cuanto los dedos de Midori se acercaban a su territorio.- Cuando era niña y venía con mi padre, siempre me traía aquí para que pudiera remojarme un rato. Y luego, a veces me llevaba al parque de atracciones de Shizuka, que estaba de camino a casa.
- Podríamos ir después si quieres, hoy no tengo planes.
- No, hoy no me apetece.-empezó a chapotear con más fuerza, e intenté calmarla, pero demasiado tarde, con lo que ambos acabamos empapados entre risas y forcejeos. Midori sonrió y me miró radiante de alegría.- ¿Watanabe, me llevas a bailar?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)